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POBREZAEl diccionario de la Academia define a la pobreza como falta o escasez; cuando ésta, nos referimos a la pobreza, resulta ser intelectual, tendríamos que aceptar que expresamos carencia de conocimientos, argumentos, razonamiento lógico, análisis, en fin todo cuanto tiene que hacer con el hecho de pensar adecuada y lógicamente. Y es justamente en ese marco de pobreza intelectual en el que se dieron las discusiones en Montecristi cuando se trató sobre educación. Sí, resulta penoso, pero debemos decirlo, las intervenciones de lado y lado fueron pobres, colmadas de generalidades o de grades parlamentos en los que se soñaba con utopías y se expresaba deseos de cambio. Ciertamente no hubo debate, no hubo confrontación de ideas pese a que asuntos sustanciales y de fondo estaban envueltos en la discusión: el rol de la familia, por ejemplo, aceptada por la Iglesia y por la legislación universal como primera educadora y formadora no motivó a nadie para confrontar el argumento simplemente de proveedora que quiso asignársele por un asambleísta. El derecho de los padres para escoger según su confesión o creencia, principios o preferencias pedagógicas la educación para sus hijos queda sin duda soslayado y vulnerado cuando se abre un condicionamiento a la no afectación al interés superior de los niños, niñas y adolescentes ¿cuál sería ese interés?, ¿qué organismo o estamento sería el encargado de determinarlo?. Como se ve, motivos para debates trascedentes existían, faltaron las estaturas para con argumentos claros y precisos ubicar las cosas en contexto, defender lo que resulta lógico, el derecho de unos padres sobre sus hijos y su futuro, pero tampoco esto impresionó ni movilizó a nadie, se lo dejó pasar como quien ve un barquillo de papel llevado por las aguas de una cuneta hacia la alcantarilla. Temas menos filosóficos pero no menos importantes también pudieron ser motivo de discusión, el Estado “… normará, regulará y controlará todas las actividades relacionadas con la educación…” y ¿qué hay de la descentralización y la desconcentración, tan esperadas y tan urgidas aparentemente por todos?, ¿qué hay de la posibilidad de innovar o de crear y descubrir corrientes, estrategias y modelos educativos entre nosotros?. El estado superpoderoso, vigilante y fiscalizador tampoco inspiró ningún discurso, ninguna alocución, ninguna observación siquiera. La pobreza argumentativa dejó al descubierto mas bien en unos resentimientos y rencores; en otros, beligerancia proselitista; y el ningún interés que debatir sobre educación tenían los asambleístas. Una vez más la educación estuvo sola, una vez más indefensa entre nosotros. A nadie importaba que derechos aparentemente inalienables se conculquen, que la educación privada desaparezca enredada en parlamentos indefinidos que la ubican en un peligroso limbo con el cual podrá hacer y deshacer la estructura legal o la autoridad de turno; que la educación se calificara como servicio público no llamó la atención de nadie; que perdiera su condición de bien o de derecho no originó debate, ni siquiera observaciones y así se fueron sucediendo las cosas durante aproximadamente cuatro horas dentro de las que muchos intervinieron, pero casi nadie para hacer recomendaciones sustanciales, de peso, ni para promover los pobres conceptos plateados en el papel, ni para rebatirlos desenmascarando tras ellos ocultamientos y necedades. La pobreza del debate, en nuestra opinión, nos lleva a una peor y más grave: la generación de otra pobreza, la intelectual y crítica en la que habrá de desarrollarse la educación ecuatoriana vista solamente desde esa sesgada óptica en la que la libertad poco importa y ningún papel juega. Dr. Abelardo García Calderón
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