FIRMEZA

 

Luego de que en una nota anterior usásemos el término “firmeza” han venido las inquietudes y consabidas preguntas en el sentido de qué exactamente se quiere decir con la mencionada palabra; hablamos de la relación padres-hijos, de los límites, las normas y las reglas claras que deben existir en la organización de un hogar.
 
No es nuevo, siempre que la palabrita sale en conferencias a padres o en sugerencias, se produce el mismo resultado que tiene que ver con la necesidad de focalizar el alcance del término, y debemos comenzar diciendo para los más nerviosos y preocupados que firmeza no tiene que ver mucho con maltrato, golpes o castigo, y por cierto nada que ver con gritos, peor injurias ni palabras poco santas.
 
Firmeza en esa relación padres-hijos tiene que ver más con la constancia, con la persistencia, con la necesidad de que en cada ocasión se de exactamente la misma respuesta, respuesta que no debe ser mitigada ni sustituida ni cambiada por la insistencia del hijo, por el qué dirán o lo incómodo de sostenerla. La firmeza pide y reclama padres maduros, padres capaces de actuar con constancia, pensando más en la transcendencia de sus actos que en la satisfacción de los placeres momentáneos del hijo.
 
Actuar con firmeza ha de ser un requerimiento indispensable del padre de hoy para darle valor y respetabilidad a su palabra, para darle sentido a los sueños que tiene y a las expectativas en torno a sus hijos. La firmeza es necesaria incluso para que se vaya gestando el respeto del hijo por los padres, al verles constantes, ciertos y alejados de los vaivenes propios de la duda o la intimidación social.
 
Tratar a los hijos con firmeza no es más por tanto que trazar bien la cancha, que dejar bien las cosas claras desde siempre y reclamar resultados a partir de aquellas cosas que se preanunciaron y a las que deben ceñirse los comportamientos de todos. Ser firmes es un requisito fundamental para ser padres y nada opuesto al amor, a la ternura que el ejercicio de la paternidad de hoy reclama.
 
 
Dr. Abelardo García Calderón