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EVALUACIÓN
Lo hemos dicho ya muchas veces a lo largo de los últimos tiempos. La evaluación es inherente al proceso educativo, es para él indispensable y necesaria, negarse a ella no tiene sentido, no tiene lógica por ello el gremio fue derrotado en primera instancia y luego giró aceptándola pero cuestionándola.
Es necesario evaluar para diagnosticar, para conocer los progresos y para concluir, es necesaria entonces continuamente; por ello creemos valedero en esta nota dejar caer algunas ideas que pudiesen desempantanar la situación que enfrenta al Ministerio con la Unión Nacional de Educadores.
Que es cuestionable un solo examen para juzgar sobre las condiciones de un educador es cierto, el examen solo sirve para medir el qué enseñar, cuánto conozco de lo que digo saber, por tanto la prueba escrita debe reducirse exclusivamente a ese ámbito, al conocimiento científico del educador tanto de la materia que maneja como de los aspectos teóricos de la pedagogía y la didáctica, pero ello no basta, se puede ser un verdadero científico y al mismo tiempo no tener idea de cómo transmitir ese conocimiento, de cómo enseñar y peor de cómo formar.
El qué es necesario, un educador que no sepa los contenidos, que no los maneje y domine, no tiene soporte para enseñar y bien entonces que se lo mida, bien que se lo aprecie y obviamente al tenor de una prueba escrita en donde no haya duda de las respuestas. Mas, tan importante como aquello, resulta el cómo enseñar, y esto solo puede ser evaluado a partir de la evaluación continua y permanente, esto solo puede ser ratificado por un observador justo, que dedique su atención y tiempo a supervisar su clase y determinar así errores y aciertos aplicando de inmediato correctivos o aplausos. El cómo enseñar resulta fundamental, acaso es la clave del trabajo docente. No exageramos si decimos que en ocasiones es preferible un profesor que no sea tan erudito pero que en cambio sepa claramente transmitir lo que pretende enseñar.
Este proceso, lo hemos dicho ya, debe ser monitoreado durante el año completo y con parámetros absolutamente claros para que el observador llámese director, rector o supervisor pueda informar con claridad sus conclusiones. Obviamente no cabe en esto padrinazgos ni espíritu de cuerpo, el observador debe ser justo, sobrio y severo, y su informe, sus conclusiones, no deben tener sesgo ni estar fundamentados en afectos y desafectos.
El examen único puede darnos una pauta, puede develarnos algo pero no basta, es escaso, queda corto frente a lo que necesitamos saber que es mucho más que cuánto conoce sobre algo el profesor. Acaso como punto de partida esté bien, acaso resulte una buena forma para diagnosticar, pero no necesariamente es la mejor forma de evaluar el trabajo profesoral.
Dr. Abelardo García Calderón
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